Historias

De nuestra serie (Des) Memorias de una Lesbiana

Alma sin Rumbo

"Me detengo a mirarla un minuto más. Las gotas de sus lágrimas caen
acompasadamente encima del diario y ella no hace nada para detenerlas. Más aún,
percibo que tiene ganas de salir corriendo, de no querer estar pasando esta
vergüenza, pero al mismo tiempo noto que una pena tan grande la inunda y no la
deja hacer otra cosa que seguir atornillada a la silla, viendo caer los
goterones encima de las páginas del diario"
.

Despliego
el diario encima de la mesita del café mientras trato de posicionar mi taza de
té de tal manera que no quede tapada por el diario y yo pueda revolverlo así
con parsimonia mientras leo. Un artículo sobre mejoras estructurales en mi
barrio me llama la atención y me enfrasco en él. Plazas, cableados
subterráneos, paradas de metro, paseos peatonales, jardines llenos de árboles,
centros sociales. Pareciera que no hubiera límites de imaginación para la
persona encargada del proyecto. Me pilló pensando que nada de esto finalmente
se hará realidad y me encuentro anacrónica. Nunca he sido apta para dirigir
proyectos con ideas novedosas y me cuesta ver el futuro de una manera optimista.

Mientras cavilo sobre mi
personalidad pesimista, miro a mí alrededor y veo tres mesas más allá una mujer
que está llorando. También tiene el diario abierto al frente suyo. Su mirada se
dirige hacia las páginas de este, pero creo que no llora por lo que está
leyendo. Me inclino hacia la derecha estirando el cuello para curiosear la
página que tiene abierta en el diario y reconozco las páginas del deporte.
Sospecho que no está llorando por algo del diario.

Me detengo a mirarla un
minuto más. Las gotas de sus lágrimas caen acompasadamente encima del diario y
ella no hace nada para detenerlas. Más aún, percibo que tiene ganas de salir
corriendo, de no querer estar pasando esta vergüenza, pero al mismo tiempo noto
que una pena tan grande la inunda y no la deja hacer otra cosa que seguir
atornillada a la silla, viendo caer los goterones encima de las páginas del
diario.

Aunque tiene la cara roja y
descompuesta es una mujer hermosa. El pelo medio corto y castaño, con un cuerpo
firme y no muy delgado. No lleva ningún tipo de joyas, pero me da la sensación
que eso se debe a una situación especial.

Su tristeza parece ir en
aumento porque se dobla encima de la mesa y toca con la frente el diario
levemente. Me inunda la compasión, las ganas de correr hacia ella y decirle que
todo va a estar bien.

Sin pensarlo más me levanto
y sacando un pañuelo arrugado del bolso camino a su mesa. Poniéndole la mano en
el hombro suavemente, se lo tiendo. Levanta su cara mojada contemplándome con
una mirada perdida e infinitamente triste, que ahora se convierte en
agradecida. Toma el pañuelo y empieza a secarse las lágrimas. Al preguntarle si
me puedo sentar en su mesa levanta los hombros. No es una negativa rotunda, así
que me siento.

Su caudal de lágrimas
parece que todavía no ha llegado a su fin y rebusco mi cartera por otro pañuelo
más. Al cabo de unos minutos intenta una sonrisa y de repente tengo la
sensación de reconocerla, de haberla visto en alguna parte.

Indago en mis recuerdos.
Retrocedo en mi mente unos meses y aparece la imagen de una fiesta. Si, fue
hace unos meses. De pronto los recuerdos se agolpan en mi cabeza y surge la
figura de una mujer que llevo tratando de sacar de mis pensamientos hace años.
La mujer que me ha hecho perder toda la cordura de mis sentidos, de mi vida y que
no puedo olvidar aún.

Miro a la mujer sentada enfrente mío y me veo a mi misma hace unos meses. Como
si fuera un espejo, veo la misma mirada perdida, la misma pena, las mismas
lágrimas y la reconozco definitivamente.

En una fiesta gigantesca la
vi al lado de la mujer de mis sueños, Svetlana. Logré ir a esa fiesta, porque
mis amigas me habían dicho que habría tantas otras mujeres que seguramente yo
no vería a Svetlana. Pero yo la vi. En ese tiempo todos mis pensamientos
giraban alrededor de ella y supongo que la hubiera reconocido en cualquier
gentío por el sólo hecho de estar muriendo de ansiedad por verla.

Svetlana no me vio a mí. A
su lado se encontraba la mujer que ahora estaba sentada al frente mío. Tenía
una sonrisa espectacular y abrazaba a Svetlana por la cintura susurrándole de
vez en cuando unas palabras al oído, que yo intuía secretas y muy apasionadas.

Recuerdo que sentí mi
corazón atravesado por mil flechas, llenas de tristeza, celos, envidia y rabia.
Dos años antes yo estaba en la posición de la mujer parada al lado de Svetlana,
mi sonrisa era brillante y mi pasión igualmente desbordante.

Svetlana era una mujer que
no tenía nada de espectacular. Pero su aura emanaba una magia, algo que hacía
sentirme especial, algo que no me dejaba dormir en las noches cuando la
abrazaba después de hacer el amor. Pasaba las noches respirando su aliento,
tratando de no perderme un ápice del calor de su cuerpo que se apretaba contra
el mío.

Así como llegó Svetlana a
mi vida se fue. Sin avisar. Aunque recuerdo que no hubo un día en que yo no
esperara que me dejara.

Porque hay mujeres como yo,
más tranquilas, más asentadas en lo que tienen, nunca esperando algo mágico del
futuro, con pocas cosas que me sorprenden en la vida. Confiada en que la vida
hay que vivirla pausadamente, con deleitación por los detalles. Y mujeres como
Svetlana, con alma sin rumbo, libres como pájaros, que una admira volar. Cuando
se asientan en tu regazo lo sientes como el regalo más grande del mundo y
cuando se van de tu lado como la derrota más grande. Mujeres como yo nunca
entenderemos a mujeres como Svetlana.

A Svetlana no le dolió irse
de mi lado. Había demasiadas otras cosas que descubrir, como para pararse a
llorar por lo pasado. Para ella vivir la vida era conocer a muchas personas y
no decir nunca no a cualquier ocasión de pasión que se le brindara.

Miro de nuevo a la mujer
desolada enfrente de mí y me dan ganas de contarle todo lo que había vivido,
todo lo que había analizado en estos dos años. Supongo que tengo la intención
de ahorrarle un tiempo de sufrimiento, de aliviarle esa pesada carga en sus
hombros, que yo conozco tan bien.

Me presento y explico quien
soy. Ella levanta la vista sorprendida, escuchándome sin más.

Y las palabras me surgen
atropelladamente, en un vano intento de explicar algo que hasta hoy no
entiendo. Mientras cuento de mis dos años pasados sin ahorrarme los detalles
desagradables, veo como la mujer de enfrente empieza a llorar de nuevo. Pero su
mirada es clara, fija en mis ojos y yo sé que ella está comprendiendo hasta la
última palabra de lo que estoy explicando.

Y entiendo que esto es un
momento extraordinario, sin igual, de los que hay pocos en la vida, donde la
avenencia con la mujer sentada al frente tuyo es total.

Ella sabe como yo, que
Svetlana es la mujer de los sueños después de una noche llena de amor y pasión.
Sabía explicarte con ternura y amor que el día que había amanecido era el más
bonito de su vida, estuviera lloviendo o hubiera salido el sol. Las gotas de
lluvia incitaban a una intimidad profunda y el sol a salir corriendo a conocer
el mundo. Sus ansias de volar contagiaban para hacer realidad cualquier plan.
Su alma sin rumbo me hacía volar y al mismo tiempo perderme a mí misma.

Miro a la mujer enfrente
mío y le digo suavemente con firmeza - he tardado dos años en encontrar el
rumbo de mi alma de nuevo, no quiero que pases por lo mismo.

Deja de llorar y nos
tomamos las manos. Después de unos largos minutos simplemente me da las
gracias, se levanta, sale del café y desaparece entre la muchedumbre de gente
en la calle.

Me quedo sentada un momento
más en la mesa y mis palabras insistentes respecto a la importancia del sentido
de la propia vida siguen resonando en mi mente. Sonrío sobre mi misma. Sé que
en realidad sólo espero encontrarme con el próximo alma sin rumbo que me haga
volar y perderme a mi misma.

Artículo

Nueva sección en Rompiendo el Silencio.cl

(Des) Memorias de una Lesbiana: Yo asumo, tú asumes,
nosotras
asumimos...

"Esa
horrible dualidad, ser lesbiana en tu corazón y ser heterosexual de la boca
para afuera, fue la peor etapa de mi vida. Pero ¿cómo renunciar así como así a
la comodidad e inercia de lo socialmente aceptado?"
.

Nací con el nuevo milenio, cuando tenía
veintidós años y cuando me asumí como lesbiana. Aunque pensándolo bien, asumir
es una palabra muy grande. Creo que más bien, reconocí en mi interior que los
hombres me eran total y absolutamente indiferentes y que las mujeres eran
definitivamente las que me revolvían todas las hormonas del cuerpo. Pero de ahí
a exteriorizarlo... pasarían varias lunas.

Y es que reconocer no es lo
mismo que asumir, porque desde ese cambio de milenio pasaron dos largos años
para que por fin probara en la práctica lo que es amar a una mujer. Antes de
eso, era todo platónico: suspiraba por la profesora del colegio, soñaba con la
compañera de la universidad y me pasaba películas con la vecina. Todo esto
mientras el resto del mundo me veía pasear de la mano con el galán de turno,
pantalla perfecta que mi cobardía me impidió abandonar durante mucho tiempo.

Esa horrible dualidad, ser
lesbiana en tu corazón y ser heterosexual de la boca para afuera fue la peor
etapa de mi vida. Pero ¿cómo renunciar así como así a la comodidad e inercia de
lo socialmente aceptado?.

Tenía yo por ese entonces
un novio con el que llevaba cerca de dos años de perfecta armonía. Mi familia
lo aceptaba, mis amigos lo aceptaban, y por primera vez en mi vida, me vi libre
de aquella odiosa pregunta que me había perseguido toda mi vida y que cada vez
me obligaba a inventar nuevas y originales respuestas: "¿Y tú?, ¿por qué
nunca has pololeado?".

Y así estuvimos juntos dos
años. Para mí él era mi amigo y la persona que iba conmigo a aquellos lugares a
los que nadie me acompañaba (entiéndase bares, tiendas de libros y festivales
de rock). Pero nada más. Incluso, el sexo era de mentira. Para mí era un simple
trámite, casi una obligación de polola que
cumplía
con la más absoluta indiferencia, eficiencia y heroísmo. Nada más simple que
acostarse, abrir las piernas y fingir un rato; todo eso para que nada alterara
la perfecta armonía, la vida normal, la vida que todos querían para mí. Me
avergüenza decir que la primera vez que tuve sexo con un hombre fue por la
simple razón de que me daba lata ser la única virgen en mi lugar de trabajo.

Hasta que me aburrí. Para
no terminar tan abruptamente con mi pololo y para que él mismo tomara la
decisión de dejarme, comencé a decirle que me gustaban las mujeres, que había
cierta chica de la oficina que me inquietaba bastante y que alucinaba con la
actriz Angelina Jolie, entre otras. No sólo no me dejó, sino que me llevó al
cine a ver "Tomb Raider" y "Pecado Original" y le puso
divertidos apodos a la niña del trabajo que a mí me gustaba. Creo que en su ser
interior de macho, creía que nada podría nunca superar la grandeza de su pene,
así que el hecho de que me gustaran las mujeres no era un amenaza mayor.

Y nunca tomó en serio lo
que le decía. Llegué hasta a inventarle que me había besado con esta supuesta
"amiga" del trabajo, hecho que no lo inquietó en lo más mínimo.
Incluso me preguntó cómo había sido la experiencia. Fue entonces cuando me
dijo: "Mientras no me cambies por una mina, todo bien".

El tiempo pasaba y mi
corazón volaba detrás de una falda y de los lindos senos de la vendedora de la
tienda de la esquina. A la fuerza comencé a llevar a mi pololo a discos gays,
debiendo mirar de lejos a las felices parejas de mujeres que se besaban y
bailaban y debiendo soportar los homofóficos comentarios del hombre que se
hacía llamar mi pareja. "Vámonos de aquí que está pasado a fleto".
Entonces yo me indignaba y le decía que con esos comentarios también me hería a
mí. Él se enojaba y se daba media vuelta, pero a los veinte minutos ya estaba
de nuevo con toda la cara llena de risa. ¿Se dan cuenta? ¡No me tomaba en
serio!

Y yo, víctima de la
cobardía, no me atrevía a dar el paso definitivo. El colmo de lo patético llegó
cuando cierto día haciendo el amor con él, cerré mis ojos y me imaginé la piel
de una mujer en mis manos, su pelo largo cayendo en mi cara y sus senos
oprimiéndose rítmicamente en mi pecho, rozándome con sus pezones y alejándose
después. Entonces me dije: No más.

Todo siguió igual. Para los demás, incluido mi pololo, éramos la pareja ideal.
Los amigos hasta nos pronosticaban un pronto matrimonio y una cuantiosa prole.
Pero en mi interior, un grito desesperado luchaba por emerger, amenazando con
echar abajo el castillo de mi estabilidad. Estaba a punto de volverme loca.
Debía hacer algo, debía hacer que la vida valiera la pena. O si no ¿Para qué
vivirla?

Hasta que me enamoré. Y por
ella dejé todo lo socialmente aceptable, por ella dejé toda mi falsa vida y
pude por fin y para siempre romper la máscara que había llevado durante
veintidós años. Era rubia como un ángel y trabajaba en un comedor al que el
destino me llevó cierto día a la hora de almuerzo. Y lo mejor es que con ella pude
por fin perder mi virginidad, pero la verdadera virginidad, la que se pierde
sólo con el amor. Pero eso es harina de otro costal. O de otro capítulo.

(Continuará)

Textos:
Angie. Puedes escribirle a nuestra colaboradora a angie_inostroza@hotmail.com

Historias II Parte

(Des) Memorias de una lesbiana

La rubia angelical

"De
repente, mis pensamientos se vieron interrumpidos ante la certeza de sus
poderosos ojos verdes felinos sobre mí. Mientras mis compañeros hablaban de los
resultados deportivos del fin de semana, la rubia no despegaba sus ojos de mí y
entre cucharada y cucharada de sopa, se las arreglaba para regalarme una
coqueta sonrisa".

En
resumen, mi vida era una porquería. Sabiendo en el fondo de mi corazón que yo
era lesbiana, insistía en mantener una relación con un hombre que no me
interesaba ni atraía, pero que a cambio me daba estabilidad y de paso, el consentimiento
y la felicidad de mi familia. Y así era yo. Frustrada, pero
"convenientemente convencional".

Un día a finales de
septiembre, fui a almorzar con un grupo de compañeros de trabajo. Eran todos
hombres. Sabiendo que la conversación iba a dar vueltas en círculos por el
fútbol, la política, los autos y los chistes subidos de tono (sin consideración
alguna por mí), luché hasta el último momento por no tener que ir con ellos,
pero ante la insistencia no me quedó otra.

El pequeño, pero hermoso
casino quedaba en el segundo piso de un céntrico edificio. El ambiente del
local era muy familiar, y por eso, todos los comensales eran fieles y asiduos
parroquianos. Nos instalamos en una mesa ubicada en el centro del salón y
pedimos el menú del día. Tal como lo anticipé, el almuerzo mismo y la sobremesa
se transformaron en un martirio para mí. La idea de tener escuchar a tres
hombres monotemáticos y aburridos no era mi ideal para la hora de colación,
pero este oscuro panorama estaba apunto de cambiar.

En una mesa cercana, justo
detrás de mis compañeros, se sentó a cumplir con su hora de colación una de las
cocineras del casino. De no ser por el delantal rosado que llevaba puesto y que
la identificaba como tal, jamás habría relacionado a esa mujer rubia de ojos verdes
con la extenuante labor de la cocina de un casino. Lucía tan fresca y
descansada, tan etérea, tan celestial...

De repente, mis
pensamientos se vieron interrumpidos ante la certeza de sus poderosos ojos
verdes felinos sobre mí. Mientras mis compañeros hablaban de los resultados
deportivos del fin de semana, la rubia no despegaba sus ojos de mí y entre
cucharada y cucharada de sopa, se las arreglaba para regalarme una coqueta
sonrisa. Y yo, en vez de corresponderle como me lo ordenaba mi corazón y todo mi
cuerpo, me fui hundiendo cada vez más en mi silla, reflejando mis nervios en
cada movimiento que hacía. Mis orejas ardían, se me caían las cosas de las
manos, mi frente sudaba, mi cuerpo temblaba.

- ¿Te sientes mal? - Me
preguntó uno de mis compañeros.

- Me duele un poquito la
cabeza. Mejor me voy a la oficina - y diciendo esto me puse de pie y comencé mi
penoso trayecto hasta la salida.

Cuando la rubia me vio, se
puso inmediatamente de pie y se instaló en la caja para recibir mi pago.
Nerviosamente le entregué dos mil pesos y ella me dio mi vuelto con un suave,
imperceptible y sugerente roce de manos.

Volví
al otro día, y al siguiente y durante todos los días del mes. Pero cada vez me
iba con las manos vacías, con sólo un par de miradas insinuantes, con una
sonrisa deslizada entre las bandejas y entre la bebida light que tanto me
gustaba. Hasta que no aguanté más: decidida, enamorada (creo) y ansiosa hasta
decir basta, me dirigí hacia la rubia que ese día estaba encargada de la caja.

- Hola - le dije con
firmeza

- Hola - contestó

- ¿A que hora sales hoy? -
pregunté arriesgándome al máximo, sabiendo que tal vez lo de las miradas y lo
de los roces fuera sólo producto de mi acalorada imaginación.

- A las seis ¿Dónde quieres
que te espere?

Mi corazón comenzó a latir
con fuerza. Ahora que la tenía en mis manos no sabía qué hacer. Me dieron ganas
de salir corriendo, de no volver nunca, de decirle que era una broma y que no
se pasara películas.

- Juntémonos al frente, en
la pileta de Poseidón - le dije

- Ahí te espero - me sonrió
mientras recibía mi dinero y me entregaba el vuelto. Esta vez, el roce de
nuestras manos no fue imaginario. Fue firme y verdadero.

Nos juntamos a las seis en
el lugar convenido. Sin su delantal rosado y envuelta en un sensual abrigo negro
se veía más hermosa de lo que recordaba. Su nombre era Angélica. Imaginé que
semejante mujer debía ser y haber sido siempre el sueño de muchos hombres, y
que por ella, tal vez muchos perdieron alguna vez la razón. Y ahora era mía.

Fuimos a un concurrido bar
del sector y pedimos vino tinto para entrar en calor. Me contó de su vida, me
dijo que era profesional, que estaba cesante, que el casino era de su papá y
que mientras no encontrara un trabajo en su profesión, trabajaba allí y recibía
un modesto sueldo con el que podía darse pequeños lujos, como estar sentada
conmigo fumando y tomando un vino de la mejor calidad.

De repente noté que durante
todo el día no me había acordado de mi pololo. Y menos en este momento en que
la rubia comenzó a deslizar su pierna sobre la mía mientras jugaba con su copa
de vino y hablaba de poesía y de viejos filmes y estrellas de Hollywood.

Salimos abrazadas, con el
calor del vino aún en nuestros cuerpos. Por primera vez en mi vida me sentía
auténtica, libre y verdadera. Me saqué la máscara que había llevado toda la
vida, la arrojé en medio de la calle y salté sobre ella hasta que se hizo mil
pedazos. Mi rubia angelical tomó mis manos, las abrigó con las suyas y
mirándome dulcemente me dijo: "¿Vámonos a mi casa?"

(Continuará)

Capítulo Anterior:

Yo
asumo, tú asumes, nosotras asumimos...
(octubre 2003)

(Des) Mememorias de una lesbiana

Tercera parte y final de nuestra serie de
"Historias"

Una noche en un castillo

"Hasta
que por fin llegamos a su casa. Vivía en un enorme caserón de dos pisos que
había pertenecido a su familia por generaciones. Ahora, añoso y frío, había
sido entregado a ella, quien lo mantenía oscuro pero acogedor, decorado con un
estilo medieval o gótico. No podría explicarlo, pero me sentí en las entrañas
del castillo del Conde Drácula, lista y dispuesta para ser devorada, idea que
me resultaba absolutamente deliciosa".

-
"¿Vámonos a mi casa? - me dijo la rubia Angélica, mientras tiraba de mi
mano para acercarme a ella.

Debo reconocer que sus
palabras me provocaron un terrible nerviosismo. Nuevamente desfilaron por mi
cabeza las mismas preguntas que me habían atormentado durante todo ese último
mes: ¿Qué va a pasar cuando estemos solas? ¿Qué voy a hacer con semejante
mujer?.

Hubiera matado en esos
instantes por un manual de instrucciones o una guía "Hágalo usted misma en
diez simples pasos". Mi inexperiencia estaba jugandome una mala pasada;
estaba a punto de dejar pasar aquel momento mágico que tanto había esperado por
el simple temor que me provocaba lo desconocido. ¿Y si me voy? ¿Y si vuelvo a
mi casa, a mi tranquilidad, al mundo real, a mi pololo y a la rutina?. Mientras
pensaba en todo esto, la rubia ya había hecho parar un taxi y me invitaba a
subir, ofreciéndome sus brazos como protección contra el frío y contra las
oscuras calles de la ciudad que el vehículo atravesaba a toda velocidad.

Vi pasar por las ventanas
todo lo que yo había sido, toda la mediocridad de mi vida en penumbras, de mi
falsa alegría en la que todo era importante, menos mi propia felicidad. La
opinión de mi familia, lo que pensaran mis amigos, lo que me fueran a decir en
el trabajo, lo que fueran a pensar de mí todos y cada uno de los habitantes del
planeta tierra.

Y me di cuenta que proteger
a los que quería para que no pasaran un mal rato por mi culpa, me estaba
costando mi propia felicidad. No podía permitir que personas que ya tenía su
vida hecha interfirieran y se sintieran con derecho a opinar sobre lo que sería
la mía, mi vida, la vida de una mujer hecha y derecha de veintiséis años.

Apreté la mano de Angélica
y miré hasta el fondo de sus ojos verdes.¿Cómo podía ser algo malo querer entregar
y recibir amor de esa mujer tan bella?.

Hasta que por fin llegamos
a su casa. Vivía en un enorme caserón de dos pisos que había pertenecido a su
familia por generaciones. Ahora, añoso y frío, había sido entregado a ella,
quien lo mantenía oscuro pero acogedor, decorado con un estilo medieval o
gótico. No podría explicarlo, pero me sentí en las entrañas del castillo del
Conde Drácula, lista y dispuesta para ser devorada, idea que me resultaba
absolutamente deliciosa.

Angélica apareció con dos
copas en la mano y más vino. A esas alturas de la noche yo ya estaba bastante
mareada, pero también estaba nerviosa, así que no rechacé el ofrecimiento. La
puerta de salida estaba frente a mí, invitándome a salir corriendo y terminar
de una vez con este incómodo episodio. Pero mis piernas no me obedecían; quería
estar ahí, quería que ella me besara, que me abrazara, que me tocara; quería
descubrir de una vez y para siempre si existía aquello llamado deseo, quería en
pocas palabras conocer
aquello
que antes sólo había leído en los libros. Y todo eso se resumía en una sola
cosa: quería tener un orgasmo.

Angélica llenó lentamente
las copas mientras yo encendía su equipo de música y ponía un disco compacto de
Tori Amos. La habitación en la que estábamos era enorme, y como mobiliario sólo
tenía un sillón azul, una mesa para cuatro personas y un estante para los
libros y la radio, por lo que la música se veía magnificada por el eco
proveniente del vacío.

Sentadas en el sillón
brindamos por habernos conocido y por estar juntas en aquella noche mágica de
luna llena que prometía aún mucho más. Angélica vestía una blusa blanca, y por
los botones entreabiertos podía ver el encaje de su ropa interior. Entre
conversación y conversación, se acercaba cada vez más a mi. Yo estaba inmóvil
en mi sitio, asustada. Ella, notando mi nerviosismo, me pidió que me relajara,
que me dejara llevar, que rompiera esa barrera que me impedía ser yo misma y
que me impedía ser feliz.

Su boca estaba muy cerca de
la mía y su aliento cálido terminó por derribar todas mis defensas. Lentamente
y en forma cautelosa, posó sus labios en los míos y me regaló mi primer beso de
amor. Su boca de mujer era dulce y suave, sus labios suculentos me recorrieron
con una suavidad y ardor hasta entonces desconocidos para mí.

Todo era nuevo y delicioso,
yo era como arcilla que adquiría por fin su forma definitiva bajo el poder de
sus manos. De a poco y sin agresividad nos despojamos de nuestras ropas,
entregándole yo la primicia de mi cuerpo y enseñándome ella la tersura de su
piel.

Tuve que luchar en mi mente
contra los prejuicios propios de una cultura fálica que no se concibe el sexo
si no existe un pene de por medio. Pero esa noche Angélica me enseñó que el
pene es un accesorio fácilmente reemplazable y que nadie mejor que una mujer
para dar placer a otra mujer. Sin necesidad de un manual de instrucciones, amé
a Angélica con todo mi cuerpo, recorrí sus formas y sus rincones mas ocultos,
le di todo el amor que había acumulado durante veintiséis años, descubrí mil
caricias nuevas y recibí toda su ternura, toda su humedad, todo su aroma, todo
el fuego de su pasión.

Por la mañana despertamos
abrazadas. A diferencia de lo que me ocurría con mi pololo, la cercanía de su
cuerpo sudoroso y el aroma que se desprendía de su piel no me causaron rechazo.
Y no lo hicieron porque yo era parte de él. En una noche de amor fuimos una, y
no fue por obligación, por deber o porque no me quedaba otra salida. Fue porque
así lo quisimos y así lo deseamos. Ahora solo me quedaba una cosa por hacer:
terminar con mi pololo y empezar por fin a vivir.

Capítulos anteriores:

Yo
asumo, tú asumes, nosotras asumimos
(octubre 2003)

La
rubia angélical
(noviembre 2003)

Historias

(Des) Memorias de
una Lesbiana

Reencuentro

"Encima del velador tengo su foto. La tomo en mi mano dándome un
respiro mirando esos ojos claros, esos ojos que me persiguen en mis sueños
todas las noches. Una sonrisa se me dibuja en la cara. En menos de unas horas
podré mirar de nuevo al fondo de esos ojos buscando sus sentimientos, buscando
sus preguntas".

Abro
los ojos. No sé donde estoy. Cierro los ojos, me relajo y los abro de nuevo.
Ahora si sé donde estoy.

Los ruidos de la feria
entran por la ventana abierta. Escucho cómo los hombres que montan los puestos
de la feria se gritan insultos. Lo hacen cada sábado por la mañana. Supongo que
es una muestra de cariño entre esos hombres, que se dicen de si mismos machos
viriles. No se descuidan nunca de hacerlo ver rudo y desprovisto de cualquier
sentimiento amoroso. Eso es en la mañana claro. En la tarde, después de cargar
los puestos en los carretones y cobrar el sueldo diario, los veo abrazados
alrededor de una "chuica de vino", contándose sus secretos más
íntimos y jurándose amor eterno.

Pero hoy no puedo dejar
vagar mis pensamientos libremente como lo hago cada sábado por la mañana. Hoy
llega ella y todavía me quedan muchas cosas que hacer.

Salto de la cama y corro
como la mejor ama de casa por las piezas. Planeo la mañana como un maratón.
Como todas las mujeres sé perfectamente cuántos segundos me lleva cualquier
tarea en la casa. Tengo dos horas para arreglar todo. Me guardo 45 minutos para
una ducha larga y relajante, media hora para elegir mi ropa y una hora para
fumarme un paquete de tabaco y tratar de relajar mis nervios.

Lo tengo todo perfectamente
planeado. Primero la cocina, lo que menos me gusta arreglar de mi casa. Lavo y
friego todo en un santiamén. Después el baño, donde empiezo a retrasarme en el
planning. Imaginándome futuros baños de espuma eróticos friego la bañera 3
veces. Recupero mi tiempo en el living marcando un nuevo record con la fregona
y el paño de sacar el polvo.

Entro en el dormitorio.
Respiro profundamente tratando de relajar mis nervios, que con todo el ajetreo
no se han tranquilizado precisamente. Esto es lo más difícil. Tengo que
contenerme para no tirarme entre las sábanas aún tibias y acariciarme soñando
con ella. Sé que estoy loca de deseo y sólo por el hecho de saber que la tendré
a mi lado en menos de 3 horas me concentro en lo programado meticulosamente
durante la semana pasada. Con especial esmero cambio la ropa de cama, la repaso
y aliso varias veces. Encima del velador tengo su foto. La tomo en mi mano
dándome un respiro, mirando esos ojos claros, esos ojos que me persiguen en mis
sueños todas las noches. Una sonrisa se me dibuja en la cara. En menos de unas
horas podré mirar de nuevo al fondo de esos ojos buscando sus sentimientos,
buscando sus preguntas.

Llega la parte más relajante. Con los compases de la música cubana bailo por la
ducha, repasando cada centímetro de mi cuerpo, que hoy encuentro a diferencia
del resto del año completamente atractivo. Me siento tan sensual.

En realidad me he hecho
trampa con el tiempo programado para vestirme. Hace días que sé perfectamente
de lo que tengo ganas de ponerme. El atuendo que a ella más le gusta.

Por
fin estoy lista. Todo está impecable. Incluida yo. Tengo tiempo de pasearme por
la feria y elegir un precioso ramo de flores silvestres. Al arreglar el jarrón
me la imagino tocando los pétalos de las margaritas y nuevamente siento que mi
deseo trepa por mis entrañas. Es hora de ir a buscarla.

El aeropuerto está
atiborrado de gente. De repente sale un vip, no sé ni quien es, y las masas de
gente se mueven como un torbellino hacía la salida. Aliviada por el espacio
surgido me enciendo otro cigarrillo y me encamino hacia la señorita de la
información para preguntarle por quinta vez si el avión de Iberia no tiene
retraso.

La veo entre varias
personas. Carga su mochila y está hablando con el personal del SAG. De repente
da vuelta su mirada y sus ojos se clavan en los míos. Las dos nos quedamos
estáticas. Busco en mí algo en que aferrarme, algún pensamiento, algún músculo
que aún me funcione para devolverle una sonrisa, algo, algo que me deje hacer
de temblar como lo estoy haciendo.

Sé de las otras veces. Sé
de las otras personas. Sé de sus dudas de que una mujer la ame. Sé de su duda
existencial de que alguien, sea hombre o mujer, la pueda amar. Sé de sus
preguntas insistentes de si venir fue lo correcto. Sé que odia las llegadas y
las despedidas y que no sabe nunca que hacer. Sé que a lo mejor ha venido a
despedirse de mí. Sé que la distancia física abre abismos y sólo confirma
inseguridades. Sé que a lo mejor no habrá ni siquiera un beso. Sé que nunca he
amado una mujer como la he amado a ella.

Ella estada parada al
frente mío y todavía no puedo sonreír libremente. Me mira, insegura, llena de
dudas y yo simplemente la abrazo. El calor nos acompaña camino al
estacionamiento. Las dos miramos el cielo y siento su alborozo de pisar
nuevamente Chile. Tiró las maletas, mochilas y diversos paquetes al fondo de la
camioneta. Al darme la vuelta me encuentro con sus ojos profundos, llenos de
preguntas e inseguridades. Los miro y trato de contestarle con los míos que
todo va ir bien, que soy tan feliz que esté aquí a mi lado. El momento parece
estancarse en la eternidad y siguiendo los sentimientos que me surgen
alborotados y sin sentido de mi corazón me acerco y toco sus labios con los
míos. Es un beso dulce, como reconociéndola. Nos alejamos para mirarnos en los
ojos, de repente tan diferentes de hace diez segundos, para fundirnos
nuevamente en un beso, que ahora se convierte en apasionado.

Es sábado y el tráfico en
la city es soportable. Nuestras manos parecen haberse desprendido de nuestras
razones, porque no acompañan las inseguridades de nuestro diálogo. Saben donde
posarse, como acariciarse mutuamente, como avanzar reconociendo piel.

Al fin estamos paradas
frente a mi casa. Las miradas de los ferianos nos acompañan, esos hombres, de
los cuales en realidad no quiero saber nada, y que en estos momentos comparten
y ven los momentos de mi mayor felicidad. Siento sus miradas en nuestras
espaldas, el cuchilleo que se levanta, sabiendo que su llegada les dará alg